lunes, 11 de mayo de 2009

Vietnam (tributo a Francis)


Poco a poco
Coppo a coppo
se arrastra el caracol

el caracol se arrastra poco a poco
copo a copo
por el filo del cuchillo

poco a poco
hacia abajo
poco a poco
hacia delante
poco a poco el caracol
se arrastra

el caracol hacia abajo
hacia delante el caracol
el frío caracol se arrastra
por el cuchillo babeante

sangrando hacia abajo el caracol
sangrando hacia delante el caracol
poco a poco
por el cuchillo afilado

poco a poco las piernas del caracol
abrazan el cuchillo hacia delante
hacia abajo abrazan el caracol
las piernas del cuchillo hacia delante
hacia abajo el caracol
babeante el caracol
frío el caracol.

poco a poco
copo a copo
se deshace el caracol en el cuchillo
se adentra el cuchillo en el caracol
el poco caracol es cuchillo babeante
es el frío del caracol recorriendo el cuchillo
partiendo el cuchillo en dos
es la tierna carne del cuchillo vistiendo el acero del caracol

domingo, 21 de diciembre de 2008

Sunday Secret


Tengo miedo a dejar de entender,
a pensar con papeles mojados
a no escribir mi voz,
ni mi sangre.

Tengo miedo a entrar
en la nueva indiferencia,
en los fríos montones,
en las luchas a ciegas.

Sin embargo,
no quiero tampoco más togas
manchadas de tiempo,
más Senado,
Brutos, que creen no serlo.

Quiero romper
Con la sagrada palabra,
con lo inmóvil,
con las nanas del alma.

Tengo miedo a dejar de entender
por qué los lobos,
y por qué su rabia.

domingo, 5 de octubre de 2008

Monotono (II)


Que alguien me arranque las jodidas anáforas, por favor.

La espina


No es por joder, amigo,
pero tus palabras caen en saco roto.
Sabes que mi invierno ya no huele a frío.
Sabes que no siento el rojo en mis entrañas.

No es por joder, pero
la pequeña austral se te ha apagado.
Y tú con ella,
ya no enciendes ni alumbras.

No es por joder, no,
pero deberías darte cuenta:
el nido se rompe si vuela el polluelo,
y cuando vuelve...

Cuando vuelve el polluelo ya no queda nada.

sábado, 4 de octubre de 2008

Caminos


Lo complejo es,
cargar tú la piedra mojada.
Sentir esquirlas en las manos,
y llevarla a ninguna parte.

Lo complejo es,
guardar estatuas de barro:
ver cómo otros las rompen
cuando tú las envuelves en lana.

Lo complejo es,
bajar del cielo a la nada.
Y aunque vayas ganando la carrera,
sentir fuego.

¿Quién compara el dolor de una niña,
muerto su perro,
con el de miles de hombres
que ven una catedral derrumbarse?

Me pregunto: ¿cuál es más grande?

martes, 2 de septiembre de 2008

Monotono

Sal, rata,
la casa ya cansa
¡Barajar cartas blancas!
Las vacas flacas
asaltan las almas blandas.

Cansa ladrar
a la más mansa sarna.

Atrás,
La pala cava, avanza,
mata carcajadas,
mancha las sábanas.
Atrapa la cara amada.

Camaradas:
La paz
arrastra saladas balas.
La calma arrasará
las hadas más blancas.

Faltan palabras
para cantar a la nada.

lunes, 25 de agosto de 2008

Cuatro elementos


“Nunca hubo, ni habrá jamás, un tiempo en el que nosotros no hayamos existido de alguna manera.”

Los antiguos celtas veían la vida como un viaje eterno, creyendo en la reencarnación continua hasta que se alcanzase la realización espiritual, hasta que el alma se completase a sí misma. Para favorecerlo, los llamados celtas utilizaban numerosos fetiches y amuletos que les acompañaban durante toda su vida, y más aún, en el momento de su muerte.

Uno de estos símbolos, por no decir el más importante entre las tribus de los vetones y los vacceos, representaba una línea entrelazada y continua, sin comienzo ni fin, en forma de nudo con cuatro picos. Este amuleto, además de conducir el alma que lo portaba hacia la realización de esa existencia eterna y continua – en forma de nudo que nunca empieza ni acaba -, lo atraía hacia las fuerzas de la naturaleza, siempre presentes en la forma de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Cuatro elementos que asimismo se distribuían hacia los cuatro puntos cardinales, y se alternaban durante las cuatro estaciones del año.

Lo que ningún celta supo jamás, es que detrás de toda esta simbología había una deidad, hija de dos campesinos corrientes, niña a pesar de sus siglos, y cuyo nombre ya no se debe nombrar.