lunes, 21 de enero de 2008

Monedas

Voy a hacer de lo extraño,
una canción serena.
Voy a pintar con recuerdos
la carroña que lacera.

Voy a dejarte todo lleno,
en bruto,
para que tú, con tus manos,
las que amanecen tibias,
las que acarician tardes,
construyas tu propio muro.
Un muro de besos y almohadas,
un muro con puertas y ventanas,
abierto,
donde los ahogos bostecen,
Y brote el llanto en fuentes de plata.

Y aunque el tiempo sepa a sal,
sabe a miel cualquier palabra,
cualquier imagen
que nos traiga rabia mansa.

Y ahora,
buscando un Sol hundido,
nado en lagos de tu rostro.
Voy guardando en cuevas de arena
el tú, el yo, las caras y el todo.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Darix II

Darix extendió el brazo herido hacia la espada, intentando rodear la empuñadura con sus dedos, pero ni siquiera alcanzaba a sentir el sudado cuero del mango. Le dolía todo y sangraba a borbotones por el vientre, se llevó una mano para contener la hemorragia e intento alzar la cabeza para verse la herida.

Fue entonces cuando comprobó la crueldad de Belenos, la diosa, que había dejado cerca del guerrero un escudo de bronce. Este escudo, abollado, era lo suficientemente nítido como para reflejarle; y se vio.

Recordaba la mañana anterior, cuando en la aldea se había despedido de su mujer frente al pequeño lago de su cabaña. Las ropas que antaño lucían blancas y limpias, de lino hilado a mano, caían ahora rasgadas, a jirones, sobre un cuerpo arado de tajos y heridas.


No quedaba nada de sus botas de piel de jabalí. Nadie en las canciones de Teutates narra el valor de los guerreros como realmente es. Nadie canta sobre el frío de los pies desnudos, con las botas peladas por la roca y la carrera, pisando cadáveres y sangre. Miró sus dedos destrozados y negruzcos, no necesitaban un reflejo para recordar su antigua fuerza cuando subía a los árboles por muérdago.

Temía levantar la cabeza, lo poco que su quejumbroso cuello le dejaba, alzó los ojos. Los ojos hundidos por una vida de tensión, cansados por la vigilia y rojos por la pérdida. Las mejillas, de pómulos altos, lucían heridas brillantes como rayos en la noche. Miró su barba, ahora nada más que un coágulo de pelo y sangre, y recordó la ceremonia de iniciación: cuando el Jefe le dijo que su barba era la mejor de los jóvenes del pueblo.

Hoy ni siquiera distinguía la boca, y sólo conseguía respirar muerte.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Darix I

Los cuernos de guerra tronaron.

Darix ajustó la correa de su cinto y envainó la espada de su padre. Salía de su cabaña agachando la nuca mientras sonaba el fragor de las armas entrechocar entre sí: los guerreros se preparaban para la batalla. Él caminó hacia el lago, donde su hijo bruñía un escudo con esmero y un paño viejo. El pequeño le sonrió. Miró la aldea, en tonos pardos bajo la sombra de las diosas montañas. Y suspiró recogiendo el casco.

Fue en ese preciso momento cuando chapoteó una rana en el agua, y las ondas, turbando la calma de la laguna, le hicieron mirarse en ella.

Su rostro, tostado por los días, era alargado, como la mayoría de los otros galos en la aldea. La roja cabellera se escondía tras los hombros como hace el Sol al atardecer, y dos trenzas le encuadraban el rostro, alzando sus pómulos y afilando su gesto.

Sus ojos pardos se escondían como águilas al acecho, aún entrecerrados por el sueño. Y bajo éstos, la larga barba caía en maraña hasta el pecho.

Miró a su hijo con los ojos azotados. Se oía su respiración calmarse y excitarse cada instante.

Caminó hacia la pequeña figura y cogió el escudo. Volvió sobre sus pasos y se dirigió hacia los hombres. El reflejo del agua aún mostraba sus anchos hombros moviéndose al caminar.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Negro

Todo lo abarca, todo lo atrapa, todo lo ahoga.

Y su letra es la o, pero no existen palabras. Ellas fueron las primeras.

domingo, 18 de noviembre de 2007

¿Frío o nostalgia?

Esto es, al fin y al cabo, de lo que sirven las mañanas de sábado en el sitio ése. No pienso hacer rutinario el colgar este tipo de ejercicios, pero con éste tengo una duda personal. A ver si alguien la resuelve:

Las noches por la mañana sorprenden cuando tienes diez años. Era una hora de caminata hasta el edificio de piedra. Las cuatro figuras paso a paso por la calle vacía, con las carteras a la espalda y las manos en los bolsillos. Desayunados. En el pueblo no pasábamos hambre, pero tú, Adela… Tú en esos tiempos adonde ibas era a buscar comida al metro, pobre.

De nueve a una, y de tres a cinco, los niños del pueblo nos reuníamos para observar una cabeza pelada y yerma que sobresalía de la sotana. De nueve a una. De nueve a… A las nueve ya todos nosotros habíamos cruzado la estepa rusa para llegar desde nuestras casas a la escuela. A las nueve todos habíamos escalado el Everest y colonizado la Antártida. Y todo eso, sólo con la trenca. Y sin bufanda algunos.

Recuerdo cómo esa trenca era rala y estaba raída. Los botones separados dejan siempre espacio suficiente como para que el aire entre por ellos y se te cuele bajo el jersey. Las ventanas grandes y acristaladas soportaban la soledad de cada mañana. Mamá decía que peores tiempos habían pasado. Y yo, frotándome las manos entumecidas, pensaba: “claro, como ella lleva guantes…”

Una vez dentro de clase, rascaba siete horas el grafito de mi lápiz contra la hoja. Porque eso no era escribir. Y mientras, el profesor, sucedía gemidos roncos con nombre de río español. Porque eso no era hablar.

Y recuerdo la estufa por su metal negro y plano, no por su función nula. La tarima plana y larga. Los niños respirando vaho y el espacio entre nosotros. El cristal del retrato. La cruz y las cuentas. El color gris.

Creo que es el color gris lo que me hace recordarlo todo.

lunes, 12 de noviembre de 2007

las flores del mal (II)


Empiezan a crecer demasiado alrededor, y empieza a agobiarme su olor y su forma.

Como me ahoguen, voy a acabar ardiendo como siempre. Esto es una simple declaración de intenciones, quizá con cierta intención confesional.

Y cuando arda, y cuando arda...!

Voy a maldecirme por no prever esto e intentar cortar por lo sano.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Hambre y sed


Este otro poema, antiguo, le da otra visión a un asunto que ya traté. Le da mi visión en otro aspecto, de otra manera.

Quizá debiera retocarlo formalmente, pero me da pereza.

Nació frío, solo y desnudo.
Miró alrededor.
Necesitaba vivir, habría que pensar.
Tenía hambre, y tenía sed.

Buscó junto a él compañeros.
Pues en soledad nada sería posible.
No le importaba estar con otros.
Pero era su hambre, y era su sed.

Juntos encontraron comida
Reunidos y armados, así la obtuvieron.
Aunque primaba su hambre, y su sed.

Sus compañeros casi pensaron por él.
Necesitaban un líder, necesitaban repartir.
aún tenía más hambre, y más sed.

Luchó, venció, salió elegido líder.
Así pudo elegir lo mejor, lo mejor para él.
Pues era su hambre, y era su sed.

Una vez arriba, las cazas pasaban.
Nadie entendía por qué era eso lo único importante.
Sólo su hambre, sólo su sed.

Otro llegó, y con su propio cuchillo
Le reemplazó, cambió las cosas.
Ahora otra hambre, ahora otra sed.

Los demás miraban al nuevo.
Él mandaba y ya no oían sus quejas.
Pero para los otros nada había cambiado
Siempre hambre, y sed.